La merienda

Cuando Clara agarró un libro por primera vez, no imaginó la experiencia alucinante que iba a experimentar. De hecho, no imaginó nada. Todo fue descubrir, sin juicios previos. La forma, el peso, los colores. El solo hecho de tenerlo entre sus manos le parecía interesante. Figuras rosas, con ojos. Algo parecido a un perro, unas casitas. Se hubiera enterado de que se trataba de Los Tres Chanchitos si hubiera sabido leer. Sin embargo, tuvo que averiguar todo sola. El perro era demasiado grande para ser un perro y tenía los colmillos muy largos. Clara estudió su expresión intentando adivinar las intenciones del extraño animal. No sonreía, siempre estaba solo y parecía querer agredir a los otros. Los rosados, eran gorditos, sonrientes y se mantenían unidos. Solo cuando se separaron para hacer cada uno sus casas, les fue mal. Hasta que se escondieron en una de ladrillos y el perro grande que no era un perro se cansó de soplar y se fue. Hasta ahí, Clara había logrado comprender el cuento sin leer, mirando únicamente los dibujos. Pero Clara era una nena muy curiosa y no le bastó con entender la historia. Inspeccionó el libro de un lado y otro, lo dejó caer, intentó abrir las páginas a la mitad. Lo miró a contraluz y percibió un leve relieve en las figuras. Rascó con sus pequeñas uñas varias veces. Sus ojos, que ya eran grandes, se agigantaron. No podía creer lo que ocurría. Las figuras comenzaron a despegarse de la página a medida que las rascaba. Uno a uno los personajes cobraron vida y empezaron a moverse por toda la página. Clara intentaba fascinada atraparlos con las manos, pero se les escurrían como manteca. El perro grande que no era un perro empezó a correr a los chanchitos página tras página y Clara entendió que podía ayudarlos. Recordó aquel día en el Parque del Retiro, cuando con un trocito de galletita atrajo a las tortugas, los patos y los peces. Utilizó una de sus útlimas habilidades descubiertas y trepó a la silla de adulto, una vez en lo alto divisó en el centro de la mesa el paquete. Se tiró de panza sobre la madera y se arrastró un poco hasta alcanzarlo. Con los dientes y sacudiéndolo en todas las direcciones logró abrirlo. Las galletitas volaron por toda la sala. Con menos esfuerzo se bajó de la silla y recogió algunas del suelo. Volvió a tomar el libro. El perro grande que no era un perro acababa de derribar la última casa y los chanchitos corrían desesperados hacia la última página, donde, como sea como fuere, se terminaba todo. Rápida, Clara destrozó con sus manos las galletitas y las arrojó sobre el cuento en forma de lluvia. Los personajes se detuvieron asombrados mirando hacia arriba. Hambriento, el perro que no era perro probó esa extraña lluvia y no pudo parar de comer. Los chanchitos, al ver el entusiasmo glotón del peludo animal también quisieron probar y les encantó el sabor dulce de las galletitas. Sonriente, Clara cerró el libro para ver qué más pasaba. Cuando lo volvió a abrir, volvió todo a ser una estampa, pero en la última página los tres chanchitos y el perro que no era un perro compartían alegres un montón de galletitas.

Atentado contra la magia

Qué triste es saber por qué te quiero
por qué te río
por qué te lloro

qué aburrido es conocer las causas de todas las consecuencias

hacerle preguntas a la felicidad
increpar al amor,
reclamarle esto y aquello

Qué fastidio intentar arreglar lo que está bien hecho
evitar los arrebatos,

ser diplomática:
“Buen día,
Buenas tardes,
buenas noches,
Que le vaya bien,
Cómo está su familia”

Qué triste ponerse a descubrir los mecanismos de la risa
querer entender por qué un abrazo tuyo y no el de aquel

Qué penoso es pretender una explicación lógica de los sentimientos
bajar el cuerpo al suelo para ver debajo de la alfombra
Encontrar las razones que nos unen
organizar los motivos para separarse

Qué mediocre es tener que preguntarle al amor qué es todo esto
qué pasó con aquello
quién es esta
quién es ése que no muestro

Qué miseria estudiar las teorías que nos explican
la anatomía de nuestros cuerpos
los efectos a largo plazo de andar con lo puesto
acomodar los sueños a un corto plazo funesto

Qué lamentable es tener que consultar a un experto
para comprobar a ciencia cierta todo lo incierto

Principio de incertidumbre

Hay un gato encerrado en una caja. Hay una bomba en esa caja. No sabemos si el gato está vivo o muerto. No sabemos si la bomba se activa o se desactiva al abrir la caja. Si la abrimos, podemos matarlo o liberarlo. Si no la abrimos, no sabremos nunca nada: cómo desactivar la bomba, cómo liberar al gato, si el gato está está vivo o muerto o si existe realmente ese gato ¿Qué hacer entonces? Arriesgarse.

El Traje

Hay un traje intentando huir de un hombre. Cruza la calle con el paso apurado, incómodo, revoleando una pierna como una madre tira del brazo de su hijo. Intenta educar al traje que para que le quepa, para que no se note incómodo. No sé qué es; si el peinado alborotado, la expresión noctámbula, el temblor de sus manos, la flacidez con la que sostiene el maletín. Algo en su rictus camina peleando con el traje. Ninguno de los dos quiere estar ahí, pero el protocolo, la necesidad de trabajo, las convenciones sociales ahí los arrinconaron. Así, tensos y contradiciéndose entran en una reunión. El asunto se resuelve en poco más de media hora. Las cosas salen como iban a salir: mal. El hombre sale insultando a la vida. Cruza la calle mirándose los zapatos, gesticulando exageradamente. Hay improperios también para ellos. El traje parece desinflado, callado, como si supiera que ha sido su culpa, triste porque sabe que será su última hora. El hombre no piensa en otra cosa más que en atravesar la puerta de su casa y desnudarse desesperadamente. Murmura algo al respecto y el traje se alarma. En un espasmo inexplicable el bolsillo del pantalón se da vuelta y expulsa las llaves de la casa al suelo. El hombre las escucha caer. En ese instante ocurre la tragedia. Frente al inexorable destino de la eternidad del armario, el traje elige la muerte. Cuando el hombre se agacha para recogerlas, el traje completo se raja en dos. Saco y pantalón separan dramáticamente sus costuras partiéndose a la mitad y dejando al descubierto, por arriba y por abajo, las ropas íntimas del hombre. Todavía encorvado y sin las llaves en la mano, siente el aire refrescante entre sus piernas y sonríe con alivio. Por primera vez siente la vergüenza más digna de su vida; la de su libertad. Levanta las llaves y se sacude un poco dejando caer los trastos sobre la vereda y sigue contento su camino. En camiseta, calzoncillos, zapatos, medias y el maletín todavía atrapado en su mano derecha.

Ajuste de cuentas

El beso que no te di aquella noche imberbe en la que me declaraste tu amor a escondidas, es el que quisiera recordar hoy. Para ese entonces, recién entrado a la Universidad, ya eras un hombre parecido al de ahora, admirador de las revoluciones. Y yo, que no sabía de momentos, todavía confundía la insolencia con la rebeldía ¿Qué puedo decirte ahora? Que no vi bien tus profundos ojos roble, que no besé el lunar de tu mejilla, que no te agarré fuerte la mano, que no te abracé fuerte con la excusa de sentir tu piel, tu olor ¿Con qué cara te pido ahora que me dejes darte aquel beso que le debo al pasado? Nos adeudo ese recuerdo que hoy nos falta.

Que ahora sos feliz, ya lo sé. No pretendo importunarte. Se trata de Justicia, no sé si me explico. Vos entendés de esas cosas, sos un hombre de Derecho. No me malinterpretes. Solo es eso y, bueno, quién sabe. Quiero decir, que mi deuda es con la osadía y llego tarde. ‘Ojalá te hubiera conocido antes’, me dijiste equivocado. Era ‘después’ la palabra. Y vengo a avisarte que ya es hora. No vayas a asustarte vos ahora. No hace falta que deshagas nada. Esto solo un ajuste de cuentas ¿Que trastoca tus principios? Si esto es una mera cuestión de finales… De recuerdos incompletos. Y a eso vengo; a esa noche le falta un beso y yo lo tengo.

Consejera

amigas

No me aconsejes tu vida

tus venganzas

tu Justicia en mi mano ajena

No me vaticines tu futuro

ni me adivines tu historia

No me desees todos tus errores

para que yo aprenda

para que yo borre

con mi heroica dignidad imposible

todos tus dolores

No pretendas enseñarme

ni ser mi maestra

no quiero ensañarme

con una revancha nuestra

No soy el espejo de tus heridas

ni estoy viviendo tu historia de vida

No vine a vengar tus fantasmas

o a tener el coraje que dejaste para ser una dama

No quiero soñar tus sueños

de amores azules

de familias platónicas

de psicología barata

con experiencia en ratas

Yo no quiero tu vida

antes que eso

prefiero mi ira

Prefiero perderme

hacer lo incorrecto

Soltar los estribos

Tratar de caerme

No me recomiendes tu fórmula de la infelicidad

que me explote todo en la cara

incluso la maldad

No quiero saber lo que pasa

porque ‘yo ya lo viví’

Te cambio tu ‘yo te avisé’

por un ya te abracé.

Aburrimiento

Qué aburrimiento es estar segura,

tranquila

dormida

No soñando

Qué aburrimiento despertar y no recordar los sueños

estar descansada

que no duela nada

Que aburrimiento es tenerte a mi lado

o estar sola y no necesitar a nadie

Conocerme como la plama de mi mano

Que me sea suficiente mirarme en un espejo de primer plano

Lavar los dientes y que no sangre la boca

lavar las manos con espuma blanca

Qué aburrimiento levantarme a tal hora para estar en tal lado

y volver a tal otra para retornar al punto de partida

Qué aburrimiento tener el corazón en un solo pedazo

estar llena de miedos y culpas

comer sano

Qué aburrimiento comprar lo hecho

no tener tiempo

no encontrar espacio

Saberse todos los caminos

no perderse nunca

conocer todas las causas y sus consecuencias

Qué aburrimiento hacerse preguntas y encontrar las respuestas

esconderse y que el juego acabe al ser descubierto

que me gustes y no poder saborearte

verme apetitosa y no dejarme morder

Qué aburrimiento no estar jamás al borde la muerte

Ni al borde de tus labios con el borde de los míos

ni al borde de nada

ni resbalar de repente

Qué aburrimiento la diversión constante

sin un abismo con balcón a la nada

con todo resuelto

y la invención ya inventada

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